Ser psicóloga y trabajar como coordinadora de parentalidad es una de las labores más delicadas y, a la vez, más necesarias que desempeño. Esta figura, aún poco conocida para muchas familias, nace con un objetivo claro: proteger el bienestar de los hijos cuando sus padres están inmersos en un conflicto grave tras la separación o el divorcio.
A menudo me encuentro con madres y padres que, aunque quieren lo mejor para sus hijos, están atrapados en dinámicas de tensión, resentimiento o desconfianza mutua. En estos contextos, las decisiones sobre el día a día de los menores -desde cuestiones escolares hasta el régimen de visitas- se vuelven motivo de disputa constante. Ahí es donde interviene la coordinación de parentalidad.
Mi rol no es el de mediar ni el de decidir por ellos, sino acompañar y guiar el proceso para que ambos progenitores puedan ejercer sus responsabilidades parentales de manera más colaborativa y centrada en las necesidades reales de sus hijos. Trabajo con cada familia desde una mirada neutral, fomentando el diálogo, reduciendo el conflicto y ayudando a reconstruir una forma de comunicarse más funcional.
Es un trabajo que requiere mucha paciencia, firmeza y empatía. A veces implica tomar decisiones difíciles o poner límites claros. Pero también tiene momentos profundamente gratificantes, como cuando una familia consigue llegar a acuerdos estables o cuando los niños, poco a poco, recuperan su tranquilidad.
La coordinación de parentalidad es, en esencia, una forma de cuidar a la infancia y a la adolescencia cuando más lo necesitan. De ayudar a las familias a salir del conflicto crónico y a reenfocar su energía hacia lo verdaderamente importante: el bienestar de sus hijos.
Esta actuación se lleva a cabo solicitándola los progenitores o acordada por un juez en el seno de un procedimiento judicial de familia.